UN ENCUENTRO INESPERADO

 

Recién comenzadas las clases y aprovechando que los chicos se quedan en el colegio hasta la tarde, le pido a mi jefe el día libre y voy a hacer unos trámites que tenía pendientes desde hacía rato. Ustedes me conocen, soy de las que dejan todo para mañana; excepto coger, lo demás siempre puede esperar.

Salía de la sucursal de una empresa de medicina privada que esta en la esquina de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, cuándo justo en la puerta me doy de frente con uno de los médicos cirujanos que viene a operar asiduamente a la clínica en donde trabajo.

Como no iba a reconocer al doctor G., un churro bárbaro de unos 45 años, el cabello entrecano, ojos intensamente azules y un eterno bronceado caribeño que conservaba hasta en las estaciones más frías del año.

Hasta entonces solo habíamos tenido un contacto frío y distante, entraba a la clínica, operaba y se iba, por lo que nada más intercambiábamos un rápido saludo, aunque me pareció notar alguna que otra vez un cierto interés de su parte, pero lo atribuía a que, con toda seguridad, mi jefe le habría contado acerca de nuestras aventuras amorosas. Se sabe que entre colegas se cuentan todas sus proezas sexuales, y tenía entendido que las mías figuraban entre las más comentadas del quirófano.

-Lorena, que sorpresa- me dijo cuándo casi me lo llevo por delante.

-¡Doctor, ¿cómo esta usted?- lo salude, gratamente sorprendida de que se hubiera acordado de mi nombre.

Los hombres como él tienen mujeres para cada día de la semana, por lo que ya era un halago que supiera como me llamaba, después de todo no era más que una simple empleada de una de las tantas clínicas en donde ejercía como cirujano.

-Acá no estamos en la clínica, así que podes tutearme, y llamarme por mi nombre- me dijo con una sonrisa capaz de seducir y guiar a la perdición hasta a una monja enclaustrada.

Enrique G., ese era su nombre, un importante cirujano reconocido mundialmente.

-Como vos digas, Enrique- asentí devolviéndole la sonrisa.

-¿Y que haces por acá?- me preguntó para ganar tiempo, decidido a no dejarme escapar tan fácilmente.

-Me tomé la tarde libre y aproveché para hacer algunas diligencias, ¿y vos?- le conté, decidida a no escaparme.

-Vine a una reunión pero se pospuso para mañana- se lamentó, pero enseguida se le ocurrió la forma de no dar la tarde por perdida: -¿Qué te parece si vamos a tomar algo?- me pregunto animadamente.

-No sé, la verdad es que me gustaría, pero todavía tengo que ir al centro a hacer un par de cosas más, justamente cuándo nos encontramos iba a tomar el subte- le dije, aunque lo cierto es que ya estaba por volverme a casa, tenía ganas de coger, y en momentos así Pablo, ahora que estaba de vuelta, era una buena alternativa.

Además quería saber hasta donde era capaz de insistir. Si me dejaba ir sin decirme nada, es que no valía la pena, de lo contrario no tendría que recurrir a Pablo para sacarme las ganas.

-Dale, no me hagas eso, no sabes cuánto estuve esperando la oportunidad de tenerte así, sin ninguna clínica alrededor, solos vos y yo, y te aseguro que ahora que se me dio no voy a dejarte escapar tan fácilmente- me confesó, hechizándome con esos seductores ojos azules.

-¿Ah si? Entonces creo que voy a aceptar esa invitación- le dije, cautivada por sus palabras.

Nos cruzamos entonces a la confitería de enfrente, Plaza del Carmen, nos sentamos a una de las mesas, y tomamos algo. No me pregunte qué, ya que en ese momento toda mi atención estaba centrada en su persona.

Hablamos de todo y de todos, no esencialmente de trabajo, aunque bordeamos mínimamente lo referido a nuestras respectivas actividades. Me contó de sus viajes a Europa y sobre todo del último que había hecho al Mar Egeo, comentándome lo mucho que le hubiera gustado una compañía como la mía.

-Pero supongo que no habrás ido solo, ¿no?- le replique, y es que sabía que en sus constantes excursiones al viejo continente siempre se llevaba a alguna de sus amantes, y suponía que ésta no habría sido la excepción.

-Estás en lo cierto, aunque creo que de haber ido con vos, no habría salido del hotel en todo el viaje- me aseguró con una de esas seductoras sonrisas por las cuáles las enfermeras que trabajaban con él caían fulminadas, noqueadas en el primer asalto.

Y es que Enrique es uno de esos hombres que no tienen oposición alguna, se cogen a quién quieren y cuándo quieren, y por las señales que me estaba dando, yo era la próxima en su larga lista de conquistas.

Yo también me sonreí, le agradecí el halago y miré la hora en mi reloj pulsera.

-Uh, pero que tarde se hizo, la verdad es que la estoy pasando muy bien, pero todavía tengo pendientes esos trámites que te mencioné- le dije, aunque lo cierto es que no tenía pendiente nada.

La cosa se estaba prolongando más de lo necesario, y quería saber si de esa manera podía acelerar éste trámite, que era el que más me interesaba.

-Bueno, te alcanzo, yo también tengo que ir para el centro, tengo una reunión dentro de media hora en una obra social- me dijo.

-Si no te incomoda- le dije, intuyendo que lo de la reunión era tan solo una excusa para mantenerse cerca de mí.

Pagó lo que consumimos, nos levantamos y salimos juntos de la confitería. Caminamos hasta la esquina y doblamos en Santa Fe, yendo para el lado del Botánico.

Había dejado el auto en un garaje que esta justo al frente. Un importado último modelo, de esos que solo un profesional destacado como él puede pagar.

Subimos y nos pusimos en marcha, siguiendo con la charla que habíamos interrumpido en la confitería.

-¿Sabes qué?- me dice en determinado momento, cuándo ya estábamos llegando a Callao –Me olvidé unos documentos que tengo que llevar a esa reunión, ¿te molestaría si pasamos por mi casa? Agarro el sobre y seguimos-

-Esta bien, no hay problema- le dije, y controlando la hora en mi reloj, agregué:- Todavía tengo tiempo.

Dobló entonces en Uruguay y se detuvo frente a la puerta de su departamento que esta sobre la calle Arenales. Ya se disponía a bajar, cuándo me mira y me dice:

-¿Queres subir?, va a ser solo un momento-

-Bueno- le respondí sin darle la chance de que me insistiera.

Bajamos del auto y entramos al edificio. El encargado no saludó, mirándome a mí como diciendo: "Otra de las minitas del doctor".

El departamento del doctor Enrique G., era en realidad un dúplex bastante sofisticado, que evidenciaba en cada detalle la solvencia económica de su propietario. Podía verse el lujo en cada detalle. Muebles, alfombras, cuadros, y especialmente una terraza llena de plantas naturales, verdes, armoniosas, las que seguramente eran cuidadas por un experto jardinero.

Apenas entramos me invitó a tomar asiento y me invitó una copa. Algo fuerte. Un cierto tipo de coñac que importaban especialmente para él.

Se sirvió el también y se sentó a mi lado. Chocamos las copas y brindamos.

-Por un encuentro que, espero, no se terminé acá- expresó.

Ya para entonces nos habíamos olvidado del sobre que contenía unos documentos supuestamente importantes para la reunión que él tenía en media hora, y también de los urgentes trámites que yo tenía que realizar en el centro, y olvidándonos por completo del mundo nos besamos con ardiente efusividad.

Fue un beso largo y jugoso, profundo, un beso de amor, un beso de lengua, la demostración ávida y desesperada de nuestros sentimientos.

Pese a la bebida que acabábamos de consumir, lo que predominaba en mis papilas gustativas era el sabor de su boca, su saliva disolviéndose con la mía, y nuestras lenguas que se entrelazaban y envolvían con incitante fruición.

-¡Lorena…, hacia rato que quería tenerte así… toda para mí…!- me dijo mientras me agarraba una teta a través de la ropa y me la apretaba suavemente.

-¿Y porque te tardaste tanto?- le pregunte, ya que nos conocíamos desde hacia tiempo.

-Es que no había oportunidad, además, ¿qué iba a decirte?- trato de justificarse.

-Que querías cogerme- le sugerí.

-¿Así de fácil?- se sorprendió.

-¿Para qué complicarla?- asentí con una sonrisa que corroboraba cada una de mis palabras.

Halagando entonces a mi otra teta con sus deliciosas caricias, me miró a los ojos y me dijo:

-Lorena… quiero cogerte-

-Nada me gustaría más que complacerlo… doctor- le confirmé, expresándome con natural sensualidad –Pero, primero lo primero- le dije, y llevando mis ansiosas manos hacia su candente entrepierna, empecé a acariciar el tenso abultamiento que ya se había formado en esa parte de su cuerpo.

Lo que toqué resultaba por demás prometedor. Algo duro y macizo, de magníficas proporciones se combaba debajo del pantalón.

Mediante un hábil juego de manos, se lo desabroche, y saque afuera una verga de privilegiadas dimensiones, algo por lo que se me hacía agua la boca de solo contemplar su reluciente tersura.

Por lo visto el doctor G., no era solo pinta, tenía con qué defender su bien ganada fama de amante extraordinario

Mientras volvía a besarlo con renovada avidez, empecé a meneársela arriba y abajo, sintiendo como se iba endureciendo entre mis dedos, como se ponía más caliente a cada instante y como las venas explotaban y se extendían por toda su acerada superficie, denotando una potencia indómita y salvaje.

Bajé la cabeza y se la besé por todos lados, besos cortos aunque ruidosos, marcando con mi saliva aquel impresionante contorno que se estremecía con cada contacto de mis labios.

Sin demasiada prisa baje hasta las bolas y también las besé, y se las chupé, metiéndomelas con pelos y todo dentro de la boca. Estaban calientes, y llenas, y me quemaban la lengua, pero aún así las mantuve por un rato en mi paladar, succionando y sorbiendo, para luego soltarlas y subir con la lengua por la vena central, lamiendo todo a mi paso, saboreando cada centímetro, tomándome mi tiempo para disfrutar de esa carne deliciosamente entumecida que colmaba todos y cada uno de mis sentidos.

Al llegar a la cima, le pase la cabeza por el glande, una y otra vez, humedeciéndome los labios en ese cálido rocío que brotaba profusamente del orifico de la punta, ese tercer ojo que todo lo ve y todo lo siente, y que se disponía a brindarme la mejor sesión de sexo de los últimos tiempos.

Abrí la boca, aguanté la respiración, y me mandé un buen pedazo de pija para adentro. Me detuve cuándo la cabeza golpeó contra mi garganta. Cerré entonces los labios en torno a tan formidable volumen y me deslicé hacia arriba, sin llegar a soltarla del todo. Y luego vuelta hacia abajo y hacia arriba otra vez, chupándosela con reverencial avidez, succionando con todas mis fuerzas, manteniendo su miembro dentro de mi boca por un largo rato, deleitándome con ese sabor que me llenaba y embriagaba sin concesión alguna.

Enrique se estiró como un gato y me puso una mano encima de la cabeza. Deslizó la mano debajo del pelo, un poco más arriba de la nuca, y la cerró, atrapando un puñado de cabellos muy cerca de las raíces. Y entre plácidos suspiros, me los estrujaba y tiraba de ellos hacia sí, tratando de guiarme, aunque yo estaba dispuesta a mantener mi propio ritmo.

Sus nudillos se me clavaron en la cabeza, me dolía, pero así y todo seguí adelante con tan intensivo tratamiento.

Ya cuándo estuve lo suficientemente familiarizada con su volumen, me atreví a comérmela toda, y lo hice, tanto es así que los pelos me hacían cosquillas en el mentón.

De vez en cuándo la soltaba, levantaba la cabeza y le sonreía, para luego volver a concentrarme en ea deliciosa tarea que requería de mis mejores habilidades para resultar efectiva.

Estuve un buen rato chupándole la pija, disfrutando de esa voluptuosa carnosidad que parecía disolverse en mi paladar, una almibarada disolución que no me cansaba de saborear.

Luego levante la cabeza, me pase la lengua por los labios, relamiéndome gustosa, y lo besé en la boca. Él me retribuyó el beso con igual apasionamiento, asegurándome de paso que era la mejor mamada que le hubiesen dispensado en toda su vida, lo cuál ya era mucho decir, ya que, seguramente, no le faltaban mujeres dispuestas a mamársela. Y ser la mejor de todas era un honor que debía aceptar con hidalguía.

Me liberé brevemente de sus brazos, me levante y de frente a él, comencé a desvestirme. No le alcanzaban los ojos al doctor para abarcar todo mi cuerpo. Su mirada iba de arriba abajo, y de abajo arriba, deteniéndose en partes específicas de mi cuerpo. En mis piernas, en mi sexo, en mis pechos.

Ya desnuda, me hinqué de rodillas ante él, y lo ayudé a deshacerse de su ropa. Le quité primero lo zapatos, luego las medias, besándole los pies en el proceso, lamiéndole suavemente cada uno de sus bien manicurados dedos, para proseguir entonces con el pantalón y el slip Calvin Klein que tenía puesto.

Separó las piernas y me enseñó su portentosa erección en todo su esplendor. Las venas le latían con fuerza, y la cabeza parecía encenderse cada vez más. Volví a besársela ruidosamente y me le subí encima.

Abriéndome bien de piernas me fui situando sobre su esplendorosa verga, y cuándo la tuve justo debajo, la agarre con una mano y la acomodé en el sitio indicado, entre mis labios húmedos y calientes. Lo miré a los ojos y me deje caer. La penetración resultó fulminante. No tuve más que hacer más que echar la cabeza hacia atrás y soltar un suspiro por demás placentero.

Enrique me agarró por la cintura y me mantuvo encastrada a su cuerpo, mientras yo me deshacía en un torbellino de sensaciones que me atravesaban como miles de agujas clavándose por cada rincón de mi cuerpo, especialmente en esas terminales nerviosas en donde las emociones se intensificaban a la enésima potencia, poniéndome en un estado desesperante, del cuál solo él y su verga podrían sacarme.

La sentía deslizándose limpiamente dentro de mí, sin látex de por medio, ya que, aunque ninguno de los dos lo había dicho, convinimos tácitamente en no utilizar preservativos, quería sentirlo en carne viva dentro de mí, fluyendo, palpitando, estremeciéndose en mi interior.

¡Y como lo sentía! Grande, enorme, suculento, adosándose a mi cuerpo como la pieza faltante de un rompecabezas.

Me acomodé lo mejor que pude encima de él, y empecé a subir y bajar, con un ritmo lento y pausado primero, disfrutando de ese colapso que le provocaba a todo mi organismo con solo mantenerse adentro.

Con sus brazos siempre alrededor de mi cintura, Enrique me chupaba las tetas, yendo de una a otra con igual entusiasmo, mordiéndome frenéticamente los pezones, retorciéndomelos con sus dientes, lejos de provocarme dolor, aunque sí una sensación por demás intensa y gustosa.

Subiendo y bajando con un ritmo sostenido, me refregaba contra su cuerpo, contagiándome de su propia calentura, hundiéndome hasta la empuñadura esa filosa daga que se insertaba una y otra vez en mi carne, hiriéndome deliciosamente, prodigándome unas sensaciones por demás hermosas y exultantes.

Lo único que se escuchaba era el "chas-chas" de la penetración, un sonido húmedo, sumamente estimulante y nuestros propios suspiros, intensos, emocionados, formando una única cadencia.

Enseguida tuve mi primer orgasmo, contorsionándome y estallando en complacientes gemidos, y quedándome ahí, muy bien abrochada, lo abracé con todas mis fuerzas y lo besé jugosamente, fundiendo mi lengua con la suya, saboreándolo ávidamente, deseando quedarme para siempre y por toda la eternidad en esa posición, bien encajada, disfrutando de ese furioso palpitar que me repercutía hasta en la nuca.

-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh…!- suspiré gozosa y conmocionada, sintiendo como una fuerza invisible elevaba mi cuerpo y lo revoleaba por los aires, comprimiendo todas mis emociones en una sola, intensa y subyugante, única e incomparable.

-¡Quisiera llevarte a mi cama!- me dijo entonces Enrique, besándome por todos lados, constituyéndose en Amo y Señor de mi anatomía.

-¡Quiero tenerte conmigo, en mi cama!- me repitió con evidente ansiedad y hacia allá fuimos, hacia su habitación, la cuál pese a ser la de un hombre soltero, tenía una confortable cama de dos plazas en medio de un ambiente decorado con ineludibles connotaciones sexuales.

"Aquí es donde trae a sus víctimas, el altar del sacrificio", pensé al ver aquel lecho amoroso rodeado de sensualidad y glamour.

No tuve que bajarme, con su verga todavía bien encajada entre mis gajos, me agarró con fuerza y me alzó en sus brazos, llevándome así, en upa, hasta ese reducto en donde habríamos de seguir regocijándonos en nuestra propia lujuria.

Sabía, por supuesto, que por esa habitación habrían desfilado mil y un mujeres, pero no me importaba, no pretendía exclusividad alguna, solo quería pasar un buen rato, y lo estaba pasando.

Aunque lo mejor estaba por venir. Lo hecho hasta entonces era tan solo el aperitivo de una tarde soñada, de esas que solo un muy buen amante te puede regalar. Espero que no se la pierdan.

(Continuará…)

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